Sí,
has leído bien el título de la entrada. No, no hay ningún error.
No, tampoco estoy loca, ni me he pasado a una secta que predique la
infelicidad como llave de entrada al Paraíso... ¿Entonces? ¿Hay
truco?
¡Evidentemente!
En
el seminario de Medicina Tradicional China del mes pasado, Santiago,
nuestro profe, nos mostró una "jugosa" diferencia entre
felicidad y gozo (más adelante os diré porqué describo la
diferencia como "jugosa" y no como interesante, inteligente
o sutil).
El
explicaba que el hombre es una "luz viajera" (otra bella manera de
denominar "la danza del Qi" que ya hemos visto que es la Vida), un
trozo de Dios dotado de una estructura física encaminada a cumplir
una función. Estructura y función están intrínsecamente unidas, y la una sustenta a la otra.
De
esta idea podemos sacar multitud de conclusiones. Si la función que
realizamos es la correcta, nuestra estructura será la
adecuada y estaremos sanos. Si nuestra estructura se modifica, la función debe adaptarse a ella. Y si no estamos realizando la función prevista,
la estructura se verá deteriorada y caeremos enfermos.
Añadía
Santiago en su explicación que la función siempre se concreta en
vivir una serie de emociones, y para estar sano, esto se debería
realizar en un estado de "gozo", no de felicidad, sino de
gozo.
¡Y así llegamos al meollo de la cuestión! Buscar la felicidad no trae
cuenta, porque ésta depende de lo exterior, de lo que la Vida
me va dando. ¿Y si yo quiero algo y la Vida no me lo da? ¿Y si la
Vida me da lo que yo quiero, pero luego me lo quita?
Hay veces que conseguimos la felicidad, pero es tan agotador mantenerla y estar siempre en la cresta de la ola. ¡Fijaos cómo terminó la Madrastra de Blancanieves, que quería seguir siendo la más hermosa del reino! Se había modificado su estructura (el paso de los años no perdona, ni en el celuloide) y no supo adaptar su función: podía haber elegido ser "la más sabia del reino", "la mejor vestida del reino" o "la más friki del reino", pero no, se empeñó en seguir buscando su felicidad en algo efímero como la belleza del rostro.
Como
humanos no podemos modificar el Universo a nuestro gusto ¿Os lo
imagináis? Sería el caos. Entonces ¿qué hacer?
El
gozo, en relación con la felicidad, no es algo efímero, porque no
depende de lo exterior, sino únicamente de cada uno de nosotros. Y
la Tradición nos dice que no se debe prestar atención a lo efímero. Como buen profesor de Medicina Tradicional China, Santiago añadía
que la Tradición es el mundo de la Sabiduría, y cuando algo es
respaldado por ella, uno se queda, "como muy tranquilo".
El
gozo está en identificarnos y reconocernos con lo que somos: una luz
viajera, dice él, un Qi que danza, digo yo, lo mismo, a fin de
cuentas. Y lo que somos es una fuerza de Amor de la Vida.
¿Cómo llevar todo esto a la práctica? Gocemos, gocemos intensamente, y aquí es donde entra el adjetivo "jugoso". La primera aproximación al goce está en disfrutar con nuestros cinco sentidos: el sabor de una fruta dulce y madura, el olor del azahar cuando paseamos entre naranjos en primavera, el canto de los pájaros que desafía al ruido de los coches cerca de un parque, ese arcoiris que nos deja la tormenta como regalo.....
María, mi profe de Medicina China, dijo en el mismo seminario que "saborear es una forma de meditar". ¡Con el tiempo que llevo yo buscando un hueco para hacer meditación y lo tengo debajo de mis narices cada vez que como! Es broma, pero solo en parte. Porque si os dais cuenta, cuando estamos totalmente concentrados en experimentar algo (saborear esa fruta, o apreciar un olor, o sentir una caricia) los deseos de nuestro ego y el parloteo de nuestra mente se detienen. De alguna forma en nosotros se hace el vacío, y eso es meditar, quedarse en estado de vacío para que la meditación pueda ocupar nuestro espacio interior.
¿Y así viviremos en permanente estado de gozo? Bueno, la cosa es sencilla pero no fácil. Empezando por exprimir a tope las experiencias sensoriales, comenzaremos a vivir en el presente espacios de tiempo cada vez mayores, porque descubriremos lo gozoso que llega a ser dar un paseo, disfrutar de un buen vino o rozar una piel. Poco a poco se instalará una especie de sonrisa interior en nuestro cuerpo porque comprenderemos que hasta el mero hecho de respirar es maravilloso.
Después daremos un salto cualitativo y empezaremos a mirar las cosas con otra perspectiva, como si estuviéramos en "la terraza del espíritu" (Ling tai, nombre de un resonador del dorso). Y con esta visión descubriremos la futilidad de lo efímero (el dinero, el poder, el prestigio social, la apariencia....) y cómo lo que nos produce gozo está dentro de nosotros, porque no es la fruta, es mi paladeo al comerla; no es la flor, es mi arrobamiento al aspirarla; no es el cielo, es mi nueva mirada al contemplar lo tantas veces visto. Y este sentimiento se extenderá a facetas no relacionadas con los sentidos físicos, sino con los sentidos del alma y el agradecimiento, la admiración, la solidaridad, la comprensión, la generosidad, el amor... irán inundando nuestra cotidianeidad. Y gozaremos con cualquier cosa, por pequeña que sea, porque nuestro espíritu, habrá aprendido a hacerlo. Finalmente descubriremos qué pocas cosas necesitamos para... ¿ser felices? No, gracias, sino para vivir en estado de gozo permanente.